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El emperador Tiberius Claudius Caesar Augustus Germanicus (10 aC – 54 dC) fue elevado al trono en el año 41 (a los 51 años) con el nombre de Claudio I, justo en el mismo momento en que fue hallado escondido tras unas cortinas desde donde había asistido aterrado al asesinato del anterior emperador, y sobrino suyo, Calígula.

Era cojo, terriblemente feo, jorobado y tartamudo (el propio nombre Claudio significa “cojo”). A pesar de su aspecto, Claudio terminó con las intrigas, dictó una amnistía general, protegió a desposeídos, viudas y huérfanos, disciplinó el comercio y consiguió grandes victorias militares y algunas importantes conquistas: Tracia, Armenia y Mauritania.

Mejoró la administración, racionalizó los impuestos y ordenó muchas y grande obras públicas. Además de demostrar talentos para la prosa y como historiador. Todo esto sin vencer su fama de subnormal y depravado, aunque defraudando profundamente a los soldados que lo habían elegido emperador con la esperanza de que fuera fácilmente dominable.

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