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Cuando Alfred Heineken, jefe de la fabrica de cerveza de su familia, visito las Antillas Holandesas, se dio cuenta que la gente vivia en viviendas precarias y que las calles y playas estaban llenas de botellas de Heineken vacías.

Decidió matar dos pájaros de un tiro: Su solución a ambos problemas fue la invención de la WOBO (WOrld BOttle), botella mundial. Era rectangular, encastrable y podía ser utilizada como ladrillo. Una campaña de producción en 1963 produjo 100.000 botellas, algunas de los cuales se utilizaron para construir un pequeño cobertizo en la finca del señor Heineken en Noordwijk.

A pesar del éxito del primer proyecto WOBO, la fábrica de cerveza Heineken no la apoyó y la idea se estancó. El interés se reavivó en 1975, cuando Martin Pawley publicó “Garbage Housing” que incluía el capítulo de Wobo: “Un nuevo mensaje en una botella”.

Hoy en día, el cobertizo en la finca de Heineken y un muro de Wobo en el Museo Heineken en Amsterdam son las únicas estructuras en que se utiliza el “ladrillo cerveza “. De las Wobo restantes no está claro cuántas existen ni dónde, pero la idea, incluso unas cuatro décadas más tarde, sigue siendo un ejemplo duradero en el uso posterior de los envases y del poder de la innovación.

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